En el ritual de la Costa, el naufragio evoca el sentimiento próximo de la muerte y su definición recorre incandescente centenares de kilómetros de la vida marina que, a veces, se empaña con la negra sombra de las catástrofes, como ha sucedido en numerosas ocasiones, la última de las cuales, el hundimiento del Prestige –a finales de 2002-, tiñó de petróleo el mar y destruyó durante mucho tiempo el ecosistema marino. Muxía fue la zona cero de aquella catástrofe petrolera, cuya marea negra convirtió el pequeño puerto en un aluvión de voluntarios de todo el mundo para limpiar la muerte negra de su ecosistema. Nunca, de manera más plástica que en ese momento, la Costa da Morte se había convertido en un performántico cuadro oceánico recubierto de pintura. De nuevo, y recordando a María Zambrano, todos podíamos pensar que en el naufragio va la vida…Y la vida surge definitivamente de la muerte, incluso en términos estéticos.
Era necesario evocar ese marco como territorio cultural, porque más allá del presentimiento que, a mi entender, lo ha unido al deseo militante y crítico de Detlef Kappeler, el pintor de Stettin ha encontrado una complicidad en su paisaje, en su mar, en su vida, en sus acontecimientos, en su etnografía y en su antropología, en la manera de percibir el mundo aquella Costa da Morte, que es la centralidad de sus últimas experiencias pictóricas.Kappeler tiene un amplio pasado artístico y está claro que su proyecto, cuarenta años después, se ha ido nutriendo en la coherencia de su propia conciencia ética que, desde los años sesenta, ha definido, un compromiso estético que lo ha implicado en cada momento en el mundo en que vivía. En aquellos años se ha generado, sin duda, su mirada crítica, cuando hacía una pintura de corte realista, con una narratividad y unas imágenes próxima al pop, significantes de corte antibelicista en los años de Vietnam, por ejemplo, que han ido dando paso al revulsivo expresionista y, ya en la década de los ochenta, se permite el equlibrio y la convivencia entre los registros figurativos y abstractos, subrayando siempre la mirada del gran dibujante que se esconde en cada apunte.

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